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Formación en Responsabilidad Profesional |
5.1.- Una cuestión de saber e informar
Es necesario insistir en que hemos pasado de una medicina descriptiva y contemplativa a una medicina activa y de toma de decisiones. Mientras que antes bastaba con observar y esperar, ahora es preciso intervenir lo mas rápidamente posible y en ocasiones incluso anticiparse afín de poder actuar antes de que aparezcan síntomas clásicos.
Las transformaciones que animan la medicina contemporánea, se producen de manera acelerada, las técnicas, igual que los medicamentos, se vuelven obsoletos, superados en ocasiones incluso antes de haber sido realmente experimentados y evaluados.
Frente a esta situación, la posición del medico es complicada. Ciertamente debe estar al día en cuanto a nuevas técnicas y terapias. La verdadera dificultad para el facultativo estriba en saber distinguir entre todas las informaciones que recibe, aquellas que representan realmente un verdadero avance científico. Podemos imaginarnos la dificultad añadida que esto supone para el medico generalista que debe poder hacer frente en todo momento y en primera línea a situaciones que atañen al conjunto de la medicina.
Es preciso continuar defendiendo el dogma de la obligación de medios y proclamando que la medicina no siempre puede curar, pero sabiendo al propio tiempo que muchas enfermedades son ya curables si se diagnostican a tiempo y se tratan convenientemente.
Al mismo tiempo que la medicina se transformaba, también evolucionaba la percepción del mundo medico por parte de la sociedad, y la relación medico paciente adoptaba un aspecto muy diferente. Mientras que hace solo treinta años el interés de la sociedad por los temas médicos era muy limitado, hasta el punto de que solo algunos "hipocondríacos" hojeaban de vez en cuando alguna enciclopedia medica, hoy en día son numerosisimas las publicaciones sobre salud, que además están muy bien documentadas, y los medios de información en general nos bombardean con temas de salud.
La población bien informada, incluso en ocasiones sobreinformada, e impregnada de esa medicina triunfalista, tiene a veces tendencia a apropiarse de la misma y a querer beneficiarse. Por lo que no puede asombrar su actitud exigente y sus esperanzas frustradas ante un determinado tratamiento médico.
Estas dos situaciones, es decir la dificultad de seguir los rápidos avances médicos y la información sobre la salud caracterizada por su amplia difusión, contribuyen a hacer mas compleja la relación medico paciente y este es el origen de muchos malentendidos y reclamaciones.
La información que se proporciona, o no, al paciente y sus allegados, es precisamente la pieza clave de la mayoría de las reclamaciones de responsabilidad médica, y supone además un elemento de capital importancia cuando la reclamación lo es por vía judicial. Cuando examinamos un expediente judicial buscando las razones que han podido mover al demandante o denunciante a entablar el procedimiento contra el médico, descubrimos demasiado a menudo que el motivo no es más que la necesidad de saber. Se trata en ocasiones de conocer el motivo del fallecimiento ocurrido en el curso de una intervención quirúrgica, además de querer entender porque una prueba aparentemente sin riesgos, ha finalizado con una secuela grave para el paciente, o incluso saber si se pidió opinión a algún otro profesional con más experiencia.
Esto es particularmente frecuente cuando el tratamiento o la intervención se ha producido en un medio hospitalario, público o privado, en los que, es una queja generalizada el que las informaciones proporcionadas son insuficientes.
Es sin duda muy difícil anunciar una mala noticia o reconocer un fracaso, y aun mas difícil explicar una complicación grave surgida en el curso de una prueba anunciada como sencilla, pero en cualquier caso, siempre son preferibles los reproches efectuados ante una explicación sincera de lo ocurrido que verse obligado a justificarse ante un Juez.
Podrían evitarse muchos procedimientos judiciales si los médicos tuvieran siempre el coraje de dialogar, de no esconderse tras un fracaso, o de no dejar que un tercero anuncie una mala noticia. El enfermo, aun afectado en su propio cuerpo, es capaz de excusar un error, pero no perdona nunca la mentira o la falta de la más mínima explicación.
La información es el elemento esencial del consentimiento que a su vez es la clave del contrato que se establece entre medico y paciente.
De acuerdo, informar pero ¿cómo y hasta dónde? esa es la verdadera cuestión.
La respuesta nos la vienen dando los Tribunales cuando establecen que la información deberá proporcionarse en un lenguaje sencillo, que pueda ser comprendido por el paciente y fundamentalmente esta información ha de ser sincera. En primer lugar el paciente tiene derecho a que le sea claramente explicada la patología que presenta, con términos sencillos. Debe saber cual es el acto medico al que va a ser sometido, si su objetivo es diagnóstico o terapéutico. Esto último es importante, ya que la experiencia nos enseña que en muchas ocasiones el paciente le atribuye una función terapéutica a una simple prueba complementaria.
Tras la prueba el paciente debe conocer su resultado, y, si fuera necesario, es con el paciente con quien el medico debe establecer el tratamiento a seguir. También en este punto la experiencia nos muestra que esta fase transcurre sin que el enfermo reciba la más mínima información. Al finalizar cada una de las pruebas y ante los resultados de las mismas, es cuando debe entablarse un verdadero dialogo, para explicar esos resultados, es decir el diagnostico, proponer "soluciones", es decir tratamientos alternativos, e informar sobre las posibilidades de cada uno de esos tratamientos alternativos, es decir pronósticos.
Al escribir estas líneas somos conscientes de suscitar sonrisas o comentarios como: "Eso es imposible, es una utopía, no sabe como se trabaja en un hospital...".
De cualquier forma, lo que deben recordar nuestros facultativos es que el derecho de los pacientes a ser informados y por tanto el deber de los profesionales sanitarios de proporcionar esta información es una obligación legal, y lo es desde el año 1986 en que se aprobó y publicó la Ley General de Sanidad, y esto es importante porque si bien los juristas están ya discutiendo cual deba ser el alcance y límites de esa información, lo cierto es que los profesionales de la medicina, hoy por hoy en España, continúan sin saber que el motivo por el que son condenados en los Tribunales es por no haber cumplido con una Ley.
Así la reunión de expertos en información y documentación clínica del Ministerio de Sanidad y Consumo, elaboró un documento final de fecha 26 de Noviembre de 1997, en el que estas cuestiones parecen ir aclarándose.
Entre sus conclusiones, a la hora de establecer cuanta información hay que dar, y más concretamente en relación a la información sobre riesgos en los formularios de consentimiento informado, se aconseja la siguiente:
"a) Consecuencias seguras de la intervención
b) Riesgos típicos de la intervención: aquellos cuya producción deba normalmente esperarse, según el estado y conocimiento actual de la ciencia.
c) Riesgos personalizados: aquellos que se derivan de las condiciones peculiares de la patología o estado físico del sujeto, así como de las circunstancias personales o profesionales relevantes.
d) Contraindicaciones.
e) Disponibilidad explícita a ampliar toda la información si el sujeto lo desea".
También en este documento final se menciona el carácter controvertido que tiene el uso de porcentajes numéricos en la expresión de riesgos, ya que si bien por un lado cargan de precisión la información, por otro esta información resulta mas incomprensible para el paciente que no esta acostumbrado al manejo de lenguajes probabilisticos. Asimismo se señala, que dependiendo del lugar de obtención de dichos porcentajes (literatura científica, casuística del sistema nacional de salud, del hospital, o de un facultativo concreto...) estos porcentajes pueden resultar muy dispares.
En la misma línea, la sustitución de los porcentajes numéricos por expresiones lingüísticas como "frecuente", "raro", etc... puede también crear problemas, pues no existe consenso en cuanto a su significado.
Con carácter general aconseja el Grupo de Expertos en Información Clínica evitar el uso de porcentajes.
La salud se ha convertido en el tema predilecto del público en general, y la prensa se hace eco de esta demanda, dejando amplios espacios en sus paginas a los promotores de nuevas técnicas. Para el enfermo, real o potencial, todas estas informaciones son tanto mensajes de esperanza como victorias sobre la enfermedad, que benefician a todos. La realidad es muy diferente, ya que los avances de la medicina, por muy espectaculares que sean, no permiten curar siempre, el progreso va acompañado de toda una serie de efectos secundarios y el día a día supone muchos sufrimientos e incapacidades aun cuando en los últimos años haya habido resultados muy importantes.
La distancia existente entre lo que esperan los enfermos y los resultados de los tratamientos es fuentes de resentimientos y reivindicaciones. El temor de que todo esto siga el modelo americano, es decir que siga aumentando el numero de reclamaciones, puede convertirse en una obsesión, y sin embargo esta perspectiva pesimista puede ser evitada mediante un esfuerzo pedagógico ante la sociedad, aunque solo sea para transmitirles el mensaje de que la obligación del medico, en general es una obligación de medios y de que en medicina no siempre se consigue un resultado satisfactorio.
La experiencia nos demuestra también que muchos contenciosos nacen de la ausencia de explicaciones por parte del medico cuando se ha producido una complicación, o cuando la enfermedad evoluciona desfavorablemente. Es cierto que comunicar un fracaso es difícil y la posición del medico es aun mas delicada si esta eventualidad no se había informado desde el principio.
No hacer concebir falsas esperanzas, exponer claramente lo incierto de una situación, adelantarse a las dudas del interlocutor proponiéndole que busque una segunda opinión, son precauciones que podrían evitarnos el tener que sentarnos ante los tribunales.
En el plano jurídico, la responsabilidad medica esta en una situación intermedia. Hoy en día el debate gira en torno al concepto de riesgo. La medicina sin riesgo no existe, y es ingenuo pensar que por multiplicar las medidas de seguridad pueda algún día llegar a existir.
Podemos incluso temer que una actitud demasiado estricta por parte de la sociedad y de la justicia a la hora de exigir responsabilidad al medico, tenga como consecuencias el frenar iniciativas que pudieran beneficiar al enfermo o multiplicar las pruebas de manera absolutamente inútil con la única finalidad de rodearse de garantías en vista a una futura reclamación. Indemnizar a un paciente con graves daños ocurridos en un accidente imprevisible, consecuencia de un acto medico justificado y perfectamente ejecutado, es una posición perfectamente defendible en nombre de la solidaridad, siempre que quede perfectamente aclarada la fuerza mayor que produjo dicho accidente. El peligro estaría en el hecho de que se considerara todo accidente como inevitable y que con esta excusa se llegaran a encubrir negligencias medicas.
El juego consiste entonces en conseguir dominar el concepto de riesgo imprevisible y mantener su carácter de situación excepcional.